domingo, 8 de abril de 2012

Salina Cruz

Después de la intransigencia del tiempo y del fatigoso viaje que se debe realizar –éste duró cerca de 15 horas, en medio de una carrera y tres transbordes-, llegué a mi cálido hogar, el lugar donde se ve verde y se respira transparente; donde inmensos algodones blancos engalanan las planicies azules; donde los frutos se encuentran por doquier y el olor a mar embriaga las calles de céntricas de la ciudad; la tierra en la que un par de semillas fecundan fácilmente la tierra: la región Istmo de Oaxaca.
      Con los ojos casi cerrados, lo primero que logré visualizar fue una extensión azul que se esconde detrás de los árboles que cubren la orilla de la carretera; era la bahía llamada La Ventosa. El sol, ya puesto, tiraba sus rayos sobre la inmensidad del agua y, a la vez, advertía que sería menester bañarme en las aguas istmeñas, esto para disfrutar el férreo calor que nos otorga la madre naturaleza cada abril, cada Semana Santa. Era como un espejismo que no se presenta todos los días, el destello de armonía que se ofrecía a mis ojos. No hay mejor deleite visual que una playa diáfana resguardada por árboles sanos. El camión siguió su trayecto.
      Minutos después, visualicé el monumento a la tehuana y admiré la comunidad de garzas que con regocijo se zambullen en el río de Tehuantepec; era aquí donde me hallaba ya. La región Istmo se caracteriza por sus sones, por haber dado al mundo la Sandunga -la cual mezcla, como ya lo decía el maestro Vasconcelos, la voluptuosidad de la carne y el fuego de la pasión, una extraña mezcla de voluptuosidad y heroísmo-, pero, sobre todo, por la altiva tehuana que engalana dicho canto. Son las mujeres que portan este traje las más bellas de la región, las más bellas de Oaxaca y de México aun. Es innegable que en esta época del año todo esto se ve inhibido por las sales del mar, mas no fustigado; es aquí cuando el angelical canto de las sirenas renace.
      Mi alma proclamaba felicidad cuando llegué a mi Salina Cruz, mi puerto, mi ciudad… ¡mi hogar! Lo primero que debe hacer un buen latinoamericano al regresar al centro del universo es abrazar a los suyos; mi madre fue la primera a quien vi. Lo primero que quise hacer fue recorrer el patio de la abuela. Como ya es hábito de la naturaleza, aquí todos los abriles, antes de caer la primera lluvia de verano, se ven tupidos de mangos; esta vez fue un verdadero placer saborear cada parte de su concentrada pulpa. Mientras recogía los mangos me di cuenta que no había variado la temperatura característica de la temporada, era elevada, como de unos treinta y tantos grados centígrados; lo único que refrescaba era el suave y confortable sur que corría por las noches.
      No podría decir que volví a casa, sin haber visitado el inmenso mar; ése que redime el espíritu y lo deja en libertad. Nos dirigimos a Las Escolleras -playa ubicada en Las Salinas, alejada colonia del puerto-; el trayecto fue emocionante. El paisaje parece desear revivir de su triste y obscuro destino, pues está conformado solamente de dorada estepa que quiere volver a retoñar.
      Toda espera tiene su recompensa, cosas buenas llega a quien espera. Magnánimo fue sentir en nuestras caras el hálito del mar, además de volver a caminar sobre playa chunca. La tarde caía ya, y se reflejaba sobre el mar; las olas comenzaban a tornarse furiosas, pero esto no impidió que las personas se bañaran felizmente, que disfrutaran como sólo en este periodo asueto se puede hacer. Sin embargo, nada se comparó con ver a las paisanas zapotecas caminando descalzas sobre la arena, vendiendo frutas para un mejor goce de la fabulosa fiesta. La playa era un carnaval total, pero el espectáculo se presentó al alzarse la luna, se veía como si alguien la hubiese jalado y acercado con una cuerda. Era una luna majestuosa, grande como el mar mismo e iluminada con arrogancia que connota ser única. Sin duda alguna fue el  más grande espectáculo que presencié en el recorrido.
      El día de la despedida llegó. El viento, que comienza a azotar, parece indicarme que debo partir. Me embarga la nostalgia y no puedo evitar sentir en el fondo de mi alma gran aflicción, ésa que se siente cuando hay que dejar, a pesar que este sentir sea sólo efímero, el cual se transforma después en añoranza, en profundo extrañar. Cuando el motor que impulsa las ganas de continuar funciona correctamente; cuando el ave desea emigrar; cuando el río sigue alegre su cauce, es entonces cuando todo vale la pena, cuando se sabe, sin tener presagio alguno que todo se recompensará, y que, sin duda alguna, las ganas de seguir la lucha persistirán hasta el final.

                                                                                                                   Por Dorian Torres
                                                                                                        angel_gray25@hotmail.com

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